Completely not my words.

“No consigo dormir. Tengo una figura atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya;
pero tengo una figura atravesada en la garganta.”

A veces uno encuentra verdadero arte entre los recovecos de la telaraña, y no puede resistirse a quedárselo y hacerlo suyo aunque sea por un rato, aunque sea en este hueco de mi ordenador que jamás muestro a nadie, porque es para mí, porque ya forma parte de mi cabeza, y de las cosas que guardo porque son demasiado complicadas o demasiado hermosas como para ser capaz de recordarlas tal cual.

Y mientras miro al suelo de este pozo oscuro y me arranco trocitos de las uñas tratando de escalar hacia arriba, son unos pocos pedacitos de arte los que iluminan esos momentos de lucidez en los que parezco resurgir con más fuerza, en los que parece que algún atisbo de sentimiento arranca de entre los escombros de ésta psicopatía, y con un suspiro estertóreo mi moribunda conciencia se deja caer en mi oído y consigue que te diga que huyas.

Pero me dices que no.

Sé que una parte de mi cabeza sólo te advierte de que deberías huir porque sabe que no lo harás, que de alguna forma mi cubierta de caramelo camufla lo que hay dentro demasiado bien. Hasta que se parte, y de dentro sólo sale ese veneno del que todos os reís y comentáis entre vosotros que me hace parecer hasta adorable cuando se filtra una gota entre los poros de mi piel y sale al exterior para daros a probar un poco.

Me pregunto si serán mis ojos los que están ciegos al mirarme al espejo, aunque 24 años de miradas al cristal deberían haberme dado una perspectiva más objetiva de lo que hay dentro de mi cabeza.

Aunque algo tendrá que habérseme escapado, alguna cualidad tan maravillosa que consigue que os tiréis al pozo para quedaros a mi lado. A lo mejor no la tengo, y os la inventáis.

Me he quedado sin fuelle para seguir uniendo palabras. Es el momento de buscar más arte que me dé cuerda y haga que vuelvan a fluir.

Así que de momento vuelvo a disfrazarme con una sonrisa, y lo dejo aquí.

Hechizo roto

Esto es una entrada rápida, porque quiero dejar un pensamiento escrito en algún sitio,colgando en el aire, para retomarlo quizás luego, y madurarlo como una fruta para sacarle luego el jugo más dulce. Porque es tarde y una también necesita dormir.

Todo iba bien. Y nada ha cambiado. Endorfinas que recorrían mis neuronas de forma gratuita, haciéndome respirar por vez primera en algún tiempo, llevándome al infinito, haciéndome sonreír. Enganchada a esa sensación que tira de la columna hacia arriba y te arrastra con ella, con ganas de hacer locuras sin importarte nada, cuanto más grande y más pública mejor. ¿Qué tendrán los ascensores?

Todo iba bien. Y de repente, unas palabras lanzadas al aire de forma inofensiva, y ahí está, el sonido de cristal haciéndose añicos contra el suelo. El hechizo roto. Ni tan siquiera sabré nunca cuales fueron exactamente esas palabras, ni que fue lo que me hizo clic de forma tan intensa. Sólo sé que aquel día, cuando llegué a mi casa, de una forma tan parecida a los demás días que no tiene ni puto sentido, de repente, no lo sentí. No me sentí bien, sólo una especie de “ahm” extraño y esa familiar tensión que tira de mis cejas hasta juntarlas, en un gesto que siempre entiendo justo después de hacerlo y que significa (oh,novedad) que algo en mi no está de acuerdo y aún no sé lo que es.

Son las 4:05 de la mañana. Es la tercera vez que escribo esta entrada. En realidad no me importa, ya que no tengo nada mejor que hacer. Dormir esta descartado, por supuesto.

Estoy aterrada. El cristal que construí para guardar las cosas que me importan en un lugar seguro amenaza con resquebrajarse en cualquier momento. Mentiría si dijera que no logró hacer que me importe, porque por un motivo u otro no puedo mover nada más que los fríos dedos que no cesan de teclear en este dispositivo.

Por supuesto, he perdido mi teléfono. La tecnología ha conseguido que no recuerde ningún número de nadie que me importe mínimamente, por lo que estoy bloqueada, condenada a vagar sola por este océano oscuro que es la ansiedad.

No diré que no lo esperaba, pero desde luego no lo esperaba de esta forma.

Estoy en un estado que sólo podría describirse como aterrado. Pido a mi cerebro que me permita al menos desmayarme, que me conceda unas cuantas horas de paz, aunque luego el terror vuelva con más fuerza. Pero no me hace caso, sigue pensando una y otra vez el peor escenario posible, que tristemente se ha convertido en el escenario más probable.

No puedo dejar de temblar. Y cualquier ayuda posible está en el fondo de mi teléfono, tan inalcanzable ahora como el fondo del océano.

Y aquí me quedo, sola, aterrada y temblando, inmóvil, preparándome para lo que tiene pinta van a ser las peores horas de mi vida.

Buenas noches niños, yo, desde la distancia, os cuido. No es como si me quedase otra opción.

Las cosas que se oyen…

…o se leen. Cuando uno es, como yo, stalker de vocación y profesión, inevitablemente encuentra cosas. Algunas de ellas duelen. Otras alegran lo que parecía un día gris y triste.
Ninguna de ellas viene dedicada con mi nombre.
Es la vida desde detrás de la pantalla, el precio de la mirada anónima.
Por ello me quedo con los pequeños momentos de felicidad que me aportan porque sí, sin buscarlo. Pequeñas frases que me alumbran los momentos sin saberlo.

“Y quizá a lo más que puede uno aspirar es a no cagarla irremediablemente y sin saber pedir perdón.”

Yo en mi lápida estoy porque graben “al menos lo intenté.”

Y me quedo con tu mirada que me dice las verdades que no quiere decirme tu boca, y con la sonrisa absurda que te sale cuando digo algo irremediablemente hermoso y sorprendentemente incorrecto. Con el momento de entrar en clase con la ilusión de un niño, y de salir hecha polvo de haber hecho el animal, pero feliz. Feliz porque es de noche y el aire está frío, y porque entre la ilusión, los nervios y el cansancio no he pensado en nada que me haga mal durante un montón de horas.
Y no tengo como darte las gracias…

Escapar, caer y levantarse.

Las cosas siempre pasan por una razón.

Hay que entender que los humanos, de vez en cuando, necesitamos volvernos un poco locos. Es curioso despertar una mañana y mirar hacia atrás como si fuera un sueño, abriendo los ojos y preguntándonos qué cojones estábamos haciendo, por qué nos comportamos de esa forma.

Entender que toda esta preocupación, esta desesperación por un problema que nunca fue un problema en realidad solo había sido una forma de escapar de lo que hay justo enfrente de los ojos. Pensar una y otra vez sobre dobles intenciones, sobre la verdad o la mentira, sobre el amor o el odio, el deseo y el hambre, darle vueltas una y otra vez a un “problema” que desde el principio nunca tuvo una solución en mis manos, como una forma de evadirse de los problemas que existen delante, inmediatos, y con “fácil” solución, la pintura de una mesa, los números en mi cabeza y las cuentas pendientes, el volver o no a dejarme las tripas haciendo aquello que me encantaba pero me quemaba.
Dejar pasar las horas mirando al infinito, esperando, como excusa, por miedo a intentarlo y a fallar, por temor a estamparse de nuevo contra el muro, porque duele caer, pero duele más mirar tan de cerca el suelo y no saber si tendrás fuerzas para levantarte.

Una vez aprendí que lo importante era avanzar, aunque fuera arrastrándose, aunque fuera de rodillas, levantarse y caer de nuevo, y apretar los dientes para aguantar aunque sea un poquito más. Avanzar y sobrevivir, aunque sea cubierto de fango.
Pero se me olvida. Aunque trato de retenerlo en mi memoria, es una lección muy fácil y cómoda de olvidar. Y tengo que re-aprenderla cada año, con cada nuevo cabezazo contra el muro que siempre está ahí, aunque pintado de distintos colores.

Se me olvida con cada golpe, cada mentira, cada silencio y cada palabra que tengo que guardarme para mí. Cada vez que los números no hacen lo que quiero y cada vez que miro mi mesa llena de pintura.

Y aunque es triste abrir los ojos y olvidar el sueño, y es cierto que si no se hubiera convertido en una triste pesadilla hubiera preferido seguir soñando, no por ello es menos alivio el que siento al mirar hacia fuera y ver el frío y también, la luz.

Despierta Alice, es hora de perseguir al conejo blanco.

Triste y corta historia de “amor”

Y tocarte el alma sin tocarte, y besar tus labios al mirarme, que los nervios afloran y se escapan, que la vida sí muere al separarse.

Perdóname Señor, porque he pecado. He regalado mis besos a alguien que nunca los quiso. He mentido, he estado dispuesta a perder lo que un día más quise por un momento de triunfo vano.

Y encima, he perdido.

Sonreír ante un recuerdo tan breve y doloroso, que me pregunto qué me estará pasando.

Fijo mi mirada en la ventana, te busco en cada coche que pasa, y ni tan siquiera recuerdo cuál era el tuyo.

Salgo a pasear sin rumbo fijo, buscando algo que no está aquí, que nunca estará aquí. Y en el camino, se me cruza un gato blanco.

Estupidez es repetir la misma acción una y otra vez y esperar resultados distintos. Sé que estoy siendo estúpida, sé que estoy improvisando. No necesito más, sólo una canción, un teclado y una hoja en blanco, para contar nuestra triste y breve historia.

Porque fue tan triste y tan breve que no hay nada que contar.

Así que improviso, noche tras noche, frente a la pantalla. Y bailo. Siento el dolor fluir por mis venas, el rencor, la impotencia, y los dejo moverme, con la música de fondo.

Perdóname Señor, porque he pecado. Y me he equivocado al hacerlo. Y duele cuando lo recuerdo. Y no logro arrepentirme de haberme equivocado.

Un recuerdo tan triste y tan breve que podría desvanecerse como si fuera un simple sueño, pero que deja un rastro breve y doloroso, como la última nota de una canción inacabada, que queda en el aire de forma dolorosa, porque nunca sabremos que nota hubiera venido después.

Perdóname Señor, porque me he equivocado.

Imágenes mentales

“Dicen que a lo largo de nuestra vida tenemos dos grandes amores; uno con el que te casas o vives para siempre, puede que el padre o la madre de tus hijos… Esa persona con la que consigues la compenetración máxima para estar el resto de tu vida junto a ella…
Y dicen que hay un segundo gran amor, una persona que perderás siempre. Alguien con quien naciste conectado, tan conectado que las fuerzas de la química escapan a la razón y les impedirán, siempre, alcanzar un final feliz. Hasta que cierto día dejará de intentarlo… Se rendirán y buscarán a esa otra persona que acabarán encontrando.
Pero les aseguro que no pasarán una sola noche, sin necesitar otro beso suyo, o tan siquiera discutir una vez más…
Todos saben de qué estoy hablando, porque mientras estaban leyendo esto, les ha venido su nombre a la cabeza.
Se librarán de él o de ella, dejarán de sufrir, conseguirán encontrar la paz (le sustituirán por la calma), pero les aseguro que no pasará un día en que deseen que estuviera aquí para perturbarlos.
Porque, a veces, se desprende más energía discutiendo con alguien a quien amas, que haciendo el amor con alguien a quien aprecias”

Paulo Coelho

Y mira que no me gusta éste hombre ni como escribe, pero que me jodan si alguien puede leer esas palabras sin que aparezca en su mente una imagen… o quizás dos.

Y por fin lloré

Oigo el tic-tac del reloj contra la página en blanco, la pared que me mira muda, las notas de una guitarra con aquella canción, aquella puta canción que me hizo llorar hasta que por fin, me quedé sin lágrimas, definitivamente.
La razón por la que a pesar de todo era incapaz de soltar tan siquiera un suspiro, o un sollozo, porque no me quedaba más que dar, porque a pesar de todo lo que dijimos, sí, eras de verdad mi último cartucho, y lo disparamos.

Y vamos a cumplir nuestro segundo aniversario de desconocidos, y no nos regalaremos ni tan siquiera una sonrisa, ni un recuerdo, ni una palabra amable, una mirada de un lado al otro de una mesa de bar, a través de los botes de pintura… ni siquiera una risa al otro lado de aquella enorme cama que compramos, una cama para dos, una vida para dos, que quedó reducida a cenizas junto con aquel libro, con la última de las locuras que hicimos.
Me pregunto qué habrás hecho con la cama.

A día de hoy siguen saliendo cosas tuyas entre las bolsas que nunca llegué a desempaquetar.

Nos olvidamos el uno del otro para no hacernos más daño. Te alejé de mí para que no te aferrases a una última esperanza. Pero en la distancia te estuve cuidando. Viví cada una de tus pequeñas victorias, y me alegré por tí cuando subiste por fin a la superficie.

Y te olvidé, para evitar caer en la tentación de contarte mi día, para no correr hacia ti y pedirte ayuda cuando las cosas se pusieron realmente horribles, porque no era justo. Y con ello maté lo poco que me quedaba. Y disparé mi último cartucho para liberarte.
Y me olvidaste.

Y ahora, tras dos años, puedo recordarte, y sacar por fin esa espina que no me dejaba soltar ni una sola lágrima, porque tenía que ser fuerte por los dos.

Y llorar como una magdalena. Y preocuparme por alguien. Y, espero que algún día, sonreír como a ti te gustaba.

Cada vez que alguien insinúa que no te quería me dan ganas de reventarle la cabeza a patadas. Pero, una vez más, eso no lo sabrá nadie.
Ni siquiera tú.

Sobre todo tú.

Un sueño inalcanzable, intocable, inmortal… sin principio y sin fin, suspendido en el tiempo, en el vacío, en lo oscuro de mi mente.
Como aquel peluche que perdí cuando era pequeña, que aún me pregunto “¿qué habrá sido de él?.
El juguete que se rompió, el lugar al que no volveré, la casa que visité, el perro de mi vecina, el primer amor lejano, el libro que leí y del que no volví a saber.
Una brisa que de vez en cuando acaricia la piel y me deja fría unos instantes. El calor de la manta justo antes de dormir.
El primer beso, el primer abrazo, la primera lágrima de dolor.
Inmutable. Irrecuperable. Invencible. Inmortal. En definitiva, perfecto.
Como todos los recuerdos.
Porque nada puede cambiarlos, nada puede estropearlos, nada puede empañarlos ni mancharlos con la duda. Ni el peor de los males, ni la peor de las intenciones. Ni la mayor de las decepciones.
Oigo retumbar en mi cabeza frases inconexas, susurros al oído, gritos de dolor y de súplica. Los tambores de la jungla en la que vivimos. De repente, un dolor punzante. Luego, la calma.
Veo frente a mis ojos una imagen. Luminosa, alegre. Corre por mi mejilla una lágrima. Me pregunto qué habrá sido de aquel peluche. Me pregunto qué habrá sido de él. Luego, la calma. Abrazo la almohada. Respiro. Sonrío.
Puedo sentir su orgullo, su furia, su fuerza para levantarse. No me importa en base a qué. No me importa qué mano estuvo extendida. Sonrío.
Porque es perfecto.
Orgulloso, loco y de gran genio.
Inmutable.
Intocable.
Inmortal.
Porque sólo es un recuerdo.