El otro lado de la valla.

Qué difícil es para mí escribir ésto, sabiendo además que voy a hacerlo en voz alta…

He vivido el momento más absurdo hoy. Sentir ira, inseguridad, una ofensa real por unas palabras lanzadas al aire. A punto he estado de devolver el tiro.

Mirando las vidas de otra gente no he conseguido nada más que perder el tiempo.

A veces es como una droga, lo reconozco. Quizás no tienes nada mejor que hacer, o de hecho sí que lo tienes, y tratas de evitarlo por todos los medios, revisando los muros, haciendo “scroll” a través de romance, amistades, cotilleos y un sinfín de gatos.

Lo que miras no te hace sentir bien.
De hecho te hace sentir terriblemente mal. Porque en las cuentas de otras personas sólo vas a encontrar lo bonito.
Las fiestas MegaDivertidas a las que ni les apetecía ir. Sus geniales amigos, su nuevo corte de pelo, ese perrito monísimo al que no hacen ni puto caso más que para sacarse fotos.

Todo el mundo parece más inteligente, más culto, más divertido.
La hierba más verde al otro lado de la valla.

Tu vida no parece tan interesante, y tú no pareces ni de lejos tan guapa como en esas selfies que miras, esas elegidas de entre 320 fotos tiradas en el ángulo correcto, posando tras maquillarse y elegir la luz.

Podrías empezar a hacer las cosas en sentido contrario. A escribir lo que quieres que lean. Sabiendo, o esperando, que lo hagan. Podrías dejar de decir la verdad.

Pero con la verdad no puedes competir con la imagen que ves en la pantalla. Porque esa imagen perfecta, a pesar de que sabes que todo el mundo miente en la Red, es la que das por buena cuando la comparas con la tuya, en pijama y con el pelo revuelto, tras una maratón de 12 horas de series. ¿Cómo piensas ganar?
Su imagen en tu cabeza sube, y la tuya baja.

Al que no le afecte me mirará como si estuviera loca.
Quizás lo esté. Quizás sea la única a la que le pase. Quizás no.

En Internet está de moda ser raro. Hemos hecho que mirar las vidas de los demás como si fuesen la tele sea algo corriente, incluso es interesante tener un pequeño problema mental, algo inofensivo. Será culpa de Dexter imagino, ¿o es que siempre hemos estado todos como cabras y es agradable poder comentarlo.?

Porque no haces daño a la persona a la que miras, al fin y al cabo. Sólo te haces daño a ti mismo.
No me extraña que los cursos de autoestima sean de lo más buscado en Internet.

A ésa persona no la detestas. Ni un poquito. ¿Cómo vas a detestarla si ni tan siquiera la conoces en persona?. Sólo te sientes amenazado por su vida en pantalla de tan abrumante imperfección (en un sentido mono, por supuesto). Si por un casual esa persona es como tú, caes en el absurdo momento que he vivido yo, una espiral de insultos lanzados al aire. Nadie se siente bien. Nadie gana.

Deberíamos dejar de hacernos daño.

Sí, me siento insegura al escribir ésto. Porque soy una puñetera persona real, que nunca sabe si se ha maquillado bien o si podrá ganar éste o aquel combate.

Por supuesto que una parte de mí piensa que he perdido al no responder. Y claro que a otra parte le encantaría ver la reacción si leyese éstas palabras. Pero también sé que esa curiosidad “sana”, ya no es nada sana. Y además es temporal.

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Good enough

Seamos sinceros, la triste realidad es que yo nunca he escrito nada.
Hace años, cuando me atrevía a soñar con un mundo mejor, con alternativas, cuando no me salía una media sonrisa torcida cada vez que alguien más joven me decía que quería ser actor, o pianista; entonces escribía. Historias.

Lo que hago ahora no es más que manchar hojas, y si lo hago aquí no es sólo porque no quiero que se pierdan como se perdieron las demás, sino porque me da miedo que alguien las lea.
Lo que hago aquí es escribir impresiones. Se podrían contar en un único fotograma. Siempre la misma base para escribir, rara vez distinto tema.
Será por eso que sólo escribo cuando estoy triste.

Porque para escribir historias hay que tener coraje. La pasión de alguien capaz de dejarlo todo por una idea, que puede llevarte a vivir bajo un puente, completamente invisible, y que, si lo piensas bien, no sirve de nada.

Porque del arte sólo vive la otra gente, esa con suerte, uno entre un millón.

O porque yo no soy suficientemente buena.

Hace tiempo que no escribo… será porque siempre me decías que sólo manchaba páginas cuando estaba triste, y últimamente no lo he estado. Ni triste, ni contenta, simplemente perdida. Porque sabía lo que había que hacer y me resistía a hacerlo, como sigo haciendo, día tras día, aferrándome al muro como si fuese mi última esperanza o es que, tal vez si que sí, que ésta vez no estoy equivocada.

Y tu me lees porque piensas que te escribo, y eso es algo terrible. No busques aquí palabras de consuelo, porque no puedo dártelas. Porque advertí desde el primer verso que aquí encontrarías la realidad más cruda, y no seré yo quien, con dulces palabras, me contradiga ahora, para además mentirte.
No repases antiguas historias. Juega con las cartas que tienes entre las manos ahora. No puedo repartirte otras. No sigas mirando cada una de las palabras que dije. Lo único que vas a causarte es un dolor terrible. Trata de no mirarme a los ojos, para no ver lo que hay detrás.

Porque todo el mundo me dijo que huyera, y decidí no huir. Porque estoy jugando con las cartas que me han tocado. Porque voy de cara contra el muro, y no quiero que te quedes a presenciar cómo me dejo la vida en él.

Al fin y al cabo, si salto desde la cima del muro, podré volar durante el resto de mi vida.

Luz

Sólo recuerdo que hacía muchísimo frío.

Estaba aburrida, perdida en otro millón de preguntas, en el huracán de decisiones que no tomaría. Pensando en el dolor, en lo absurdo de la vida, en lo difícil que sería esa misma noche. En cómo escalar y lo mucho que importaba estamparse contra el muro, en la indiferencia, el amor y lo que me dolía que, a pesar de todo, parecía que sí, ese era el fin, que iba a estar muerta, que no me quedaban más balas.
Era absurdo siquiera planteárselo, porque no era algo que hubiera escogido, parecía que la dureza se había apoderado de mi piel, la coraza había pasado a formar parte de mí, y con ella el veneno y la máscara. No eran añadidos, simplemente eran lo que significaba ser yo. Oscuridad, miedo, veneno y muerte.
Alejar a las personas a las que quieres, para que no se hagan daño por estar cerca de tí.
Noches y días en soledad a pesar de estar rodeada de gente.
Habían sido 23 años cojonudos. 23 y medio, para ser exactos. Y parecía que la luz se había acabado allí. Que al final lo de ser un humano luminoso estaba hecho para los inocentes, para los puros. Y para mí solo quedaba el sendero que había decidido seguir, que estaba marcado por la sangre y lo sucio, por el sufrimiento y la nostalgia.

“Buenas, qué tal.”
“Pasando un frío de muerte.”
“No te conozco, no? a él sí, pero a tí no.”

Y, de repente… luz.
Me dio la vida mucho antes de que yo siquiera me diera cuenta de que lo estaba haciendo. Ni siquiera lo hizo a propósito, es que es así. Brillante.
Qué ironía, cuando lo que debería sentir es dolor por tantos kilómetros entre su cama y la mía.
Como si fuera posible estar triste estando a su lado.

Como si fuera posible ocultar que estoy viva de nuevo.
Pero cómo evitarlo, si es que es la mejor persona del mundo. Si cuando decide decirme algo bonito me vuelvo joven de nuevo. Traté de ocultárselo, pero me delataron mis ojos cuando brillaron al mirarle.

Como si hubiese tenido alguna oportunidad de escapar de su luz desde el principio.

No recuerdo bien su cara aquel día. Intento recordar si ganó, pero sólo recuerdo el frío.
Como si alguien hubiera tenido alguna posibilidad contra él.

Como si pudiera ocultar que, aunque sea de lejos, cada vez que le veo, me siguen temblando las piernas.

Y es que hacía tanto tiempo…

Una vez alguien me dijo que pasaba tanto tiempo sin escribir porque sólo mancho páginas cuando estoy triste. Que la risa no dejaba tiempo para las palabras. Y puede que tenga razón. Por eso voy a gastar un poquito (no mucho) de éste tiempo tan valioso, entre hojas de ejercicios y conversaciones por skype de madrugada, para dejar aquí una sonrisa.

Y un poco de rabia, que tampoco está nada mal.

Rabia porque siendo imbécil he tirado a la basura un año. “Devuélveme a Septiembre, que lo rehaga todo de nuevo” empieza a ser una frase recurrente. Y si bien es cierto que de los hechos importantes no cambiaría ninguno, me hubiera gustado haber podido disfrutarlos en vez de haber dado vueltas y más vueltas alrededor de la nada.
Hoy me río de lo que llegué a preocuparme por aquel al que ya conocemos como Bomba de Humo.

Habría hecho muchas cosas de forma distinta, sí, pero no habría cambiado lo esencial. Y no habría dejado que me afectase.

Así que ahora me encuentro aquí, medio a oscuras entre hojas y hojas llenas de números, mientras el resto descansa y puede irse a dormir. Y juro, como he jurado una y mil veces, que ésta será la última.

Y como tantas otras cosas últimamente, lo que nunca fui capaz de cumplir voy a cumplirlo ahora.

Nunca podré agradecerte lo suficiente todo lo que hiciste por mí. Con tu ayuda salí del túnel, porque iluminaste el camino. Y aunque no me gusta ni me gustará jamás ponerme a decir (y menos a escribir) moñadas, que luego todo se sabe, sería una hipócrita si no te dijera que me hiciste fuerte. Y que no te necesito, pero me dijeron que cada mañana volviese a planteármelo todo, y de una forma u otra siempre acabo eligiéndote a tí.

No voy a dar más vueltas, que el resto lo sabéis todos. Marcho a seguir haciendo algo que, por qué no decirlo, me encanta, aunque a veces se haga tan duro como hoy.

Y por un día, ya que la traigo puesta de casa, no tengo que disfrazarme con una sonrisa para dejarlo aquí.

Disparos por la espalda.

Vinieron a matarme.

En un día precioso, cuando confiaba en que, por fin, estaba haciendo las cosas bien.

Me cogieron desprevenida, envenenaron a mi familia retorciendo la verdad hasta que se pareció asombrosamente a una mentira, y me echaron la culpa de su dolor. Se regocijaron en mi llanto, escupieron en mis heridas y se mearon en mis recuerdos, en cada uno de los días que pasamos juntos, en cada una de las risas que compartimos, en cada una de las veces que les tendí la mano para aliviar su sufrimiento.

Sonaron los tambores de guerra, y se parecían al sonido de sus voces riéndose de mí. Me dispararon y no fue de frente, porque para eso hacía falta valor, y era algo de lo que siempre habían carecido.
Era una tarde hermosa, brillaba el sol. Por fin había llegado la primavera. Caminaba confiada por la calle, cuando noté el dolor en la espalda. Cuando me giré para mirar, ya habían huido, para no tener que darme explicaciones del por qué de su comportamiento.

Mi fantasma ha vagado desde entonces buscando la respuesta, y en el camino me he encontrado la verdad. El letrero de imbécil que me pegaron en la frente. La manipulación que venía de quien menos lo esperaba. Y cómo alguien puede mentir con tu mayor debilidad, con una cosa tan grave, y que no pidas una segunda opinión, y no te lo cuestiones.

Me enseñaron una lección, pero es una lección que no quiero aprender. Me enseñaron que la gente se dispara por la espalda. Que no les importa hacerse daño unos a otros, sea cual sea el día. Que cuando el daño es suficientemente grave, no hay lágrimas que puedas llorar, no hay ira que mostrar, porque estás simplemente muerto. Y que decir “hasta nunca” no es tan difícil una vez estás muerto.
Y que si ves a alguien disparándole por la espalda a otra persona, no pienses ni por un segundo que estás a salvo, porque puedes perfectamente ser el siguiente.

Me mataron amor mío, y hoy no puedo amarte, porque los fantasmas no aman. Creo que eso fue lo peor que me hicieron.

Duele. Minuto a minuto vuelvo a disfrazarme con una sonrisa, con una palabra amable. Me río de la ironía, retomamos viejas amistades, repasamos lo absurdo de la vida, y fuera sigue brillando el sol. Y no puedo mentir a nadie diciendo que no. Y no puedo engañarme a mi misma. Vuelvo a casa, miro dentro de mi fantasma, y duele.

” Mi chiquitina, ¿pero qué te han hecho?”
Vinieron a matarme, y no pude defenderme, porque no me quedaban balas.

Primer paso.

Escribo mis crónicas desde el lado frío de la cama, ahora que ya no estás acurrucado en él. Cada vez me resulta más difícil juntar palabras, por el simple hecho de que mi instrumento ha quedado inservible, una pantalla azul encima de mi mesa.  Divago con la música de fondo en éste pequeño cuaderno, tratando de no echarte de menos y fracasando miserablemente en el intento. Pensando en lo mucho que se parecen últimamente todos mis escritos y en lo imposible que me resultaría desviarme hacia otro camino que no fueras tú.

Que cada día que pasa, con cada mirada en la que dejas entrever un pequeño recoveco de tu alma, estoy más irremediablemente perdida. Que debo de estar loca, 4 horas en un coche divagando sobre la estupidez humana y lo bobas que somos las mujeres ante una sonrisa como la tuya, y cuando pienso que tengo un letrero de gilipollas escrito en la frente, lo único que me sale es sonreír.

Y qué decirte, o más bien ocultarte, que prácticamente estoy deseando hacer el idiota una vez más, y dejar pasar el tiempo enredándome en las ondas de tu pelo, que en su día había renunciado a sentir lo que tú me das para tener a alguien que me quisiera en vez de alguien a quien yo quisiera,  y que a pesar de todo, ojalá confiases en mi, porque ya que estamos, tengo intención de abrir de nuevo mis heridas mirándote a los ojos.

Me aterra que pienses que soy una ñoña, pero es una vez que empiezo ya no puedo parar.

Y es que me gustas tanto que si no eres el amor de mi vida, te juro que dejo pasar al verdadero, sólo por estar contigo.

Silently.

Tengo que escribir tan bajito que me cuesta incluso empezar.

Incluso aquí, donde sé que nadie a quien no quiera abrirle mi cabeza va a leerme. Mi propia cabeza ya no es un lugar seguro. Tampoco es que crea que lo haya sido nunca, un lugar donde se mezclan formas y colores y se pierden los recuerdos porque sí, y no porque quiera.

Me sonríe, y veo en sus ojos una luz que no veía desde hacía años, y por un segundo pienso que merece la pena el cabezazo contra el muro. Su voz me susurra palabras al oído, y sé que puede verlo en mi cara, mi debilidad, la grieta en la máscara que llevo puesta desde la última vez que me dejaron tirada en la cuneta como un juguete roto, cuando prometí que buscaría a alguien que me quisiera, y no alguien a quien yo quisiera. Cuando juré en aquella montaña que la balanza, la próxima vez, estaría inclinada a mi favor.

Cuántos años habrán pasado desde entonces, desde aquel momento en que me prometí no llorar más, aquel día en el que me convertí en el engendro helado que dicen que soy, en el espectro cruel que sonríe pase lo que pase, en la personita de cartel que jamás discute y jamás grita.

–             Si fueses como eres ahora jamás te habría dejado – Me dijo.

–              Es que si fuese como soy ahora, te habría dejado yo.

Y tan cierto era, tan orgullosa estaba de el antifaz que cubría mis malos momentos, que no tengo ni idea de por qué lo estoy tirando al suelo.

Eres la razón de por qué nunca he sido auténtica contigo. Por qué, a pesar de tantos y tantos años, aún te sorprende cuando me decido a darte un abrazo, a pesar de que todo aquel que me conozca un mínimo sabe que no tiendo a despegarme de la gente. Por qué aún no sabes las cosas más básicas sobre mí. Eres ese tipo de persona del que juré desprenderme, aquel que podría hacerme caer al suelo de nuevo. El tipo de persona al que quiero y no me quiere. La balanza inclinada en mi contra.

Me pregunto una y mil veces si estoy haciendo lo correcto, aunque la moralidad más básica parece indicar que sí.

Me sonríe, y algo en la expresión de su cara parece indicarme que me acerque más. Y entonces de sus labios brotan palabras, que confirman lo que ya sé, y es que debería dejarme de chorradas y buscar otro de los parches que he llevado durante años, esperando que ésta vez sí, sea el correcto.
Entonces, ¿por qué suena tan mal cuando digo la verdad en voz alta? ¿Por qué suena tan vacío? ¿Por qué suena mil veces mejor el aplastar mi corazón contra el muro?

Cada vez que tengo que dar la vuelta después de despedirnos, que fingir que no me sonríes desde el otro lado de la cama, cada vez que no soy capaz de llamarte para contarte cuando ha pasado algo terrible o maravilloso… cada vez que acudo a otra persona para hablar sobre algo que habría estado bien compartir contigo, es otro cabezazo contra el muro. Y me acurruco cada vez más detrás de mi máscara, y aunque las lágrimas lleguen a la base de mi cuello, aunque me ahogue con ellas, no las verás nunca.

Porque prefiero una y mil veces morderme la lengua y probar mi propio veneno, que mostrarte mi debilidad. Prefiero callar y mirar desde tu espalda cómo te manipulan y apuñalan, a que me digas de nuevo que confías más en la palabra de aquellos que lo hacen que en la mía.

Porque no confías en mí, nunca lo has hecho. Me has visto hacer demasiadas barbaridades a lo largo del tiempo que nos conocemos, y a diferencia de otra gente (aquellos por los que mataría sin hacer preguntas) jamás te preguntaste el por qué. Preferiste creer que soy una zorra manipuladora, porque siempre es la respuesta más fácil.

Supongo que por eso nunca he sido auténtica contigo.

Y supongo que por eso no crees en mí.

Y  supongo que así seguiremos con el círculo, ahora y siempre.

Mirándonos desde un lado al otro de la cama, sonriéndonos, pero muy bajito, para que nadie se entere.

Mientras llueve ahí fuera

Hace tiempo que no escribo, para que no se convierta la página en el caos desmadejado que es, al fin y al cabo, mi cabeza, un desastre de colores, formas y voces que no deja de girar incesante, deteniéndose durante segundos en una imagen cuando acabo de oír esa voz.

Pero no logro deshilacharla, y no quiero que estas páginas acaben llenas de telarañas, así que discúlpame por este viaje deforme y desesperado a la vorágine de mi cerebro, donde pienso entremezclar caras, voces y recuerdos así vayan viniendo, y a quien no le guste, que no mire.

Escribo poco a poco, esperando, mientras llueve ahí fuera, despellejandome las manos trocito a trocito y pensando en lo mucho que me gustaría enredarme en las ondas de tu pelo si supiera con certeza que serán mías para siempre. Recupero el sonido de palabras de amor en varios idiomas, apenas susurradas, algunas preciosas y otras inesperadas, y las acaricio minuto a minuto para que no se pierdan en la vorágine.

Abrazo el dolor de saber que no soy única, la nostalgia al pensar en los sobrinos (es que nadie piensa en los niños), el amargo sabor al intentar por todos los medios extrañarte y no conseguirlo, perdida como estoy en este cóctel de hormonas y tranquilizantes que dicen se llama vida. Sorpresas y caras que dicen amarme, ofrecimientos a la luz de la luna y al amparo de la fría luz de la mañana, no puedo fiarme de mis tripas porque me rugen que diga “joder si”, y arruine el pequeño mundo que he creado en el cual las normas están muy claras y aún no es el momento.

Salgo del bar, miro hacia las gotas de lluvia que me caen en la cara como lágrimas, y tengo de nuevo esa sensación de algo a punto de estallarme en la cara. Y vuelvo a casa, y el huracán de decisiones tomadas y no tomadas no cesa, incansable, a pesar de que me he preguntado una y otra vez eso de “pero que narices estas haciendo”

Ah, ahí estas, ya has llegado, y puedo irme a dormir, una noche más…mientras fuera sigue lloviendo.

Feliz navidad hijos de puta.

Hora de dejarse de nuevo las tripas, la última vez de éste año.

Qué decir, que ha sido un año lleno de sorpresas, que he aprendido un montón, que me he rodeado de gente que me quiere y que quiero, que me he divertido… y una mierda.

La cruel realidad es que este año, de sorprendente no ha tenido un puto ápice, y que termina como comenzó, con el mordisco de la realidad en las rodillas, que ha habido tanta gente que ha entrado en mi vida como gente que se ha ido y gente que se irá. Que no conseguí aquello por lo que tanto luché y que he tenido más fracasos que victorias. Que empecé con una angustia que se me agarraba al pecho y que lejos de disminuir, lo único que he conseguido es que no me importe en absoluto.

Éste año, así en general, ha sido una puta mierda.

Me han hecho daño y lo he devuelto. He sido testigo de cómo gente que decía apreciarse se apuñalaba con saña por la espalda, se dejaba tirada en un charco de barro y se juntaba en manadas para echar a patadas al solitario. He visto con mis ojos como personas que se llaman a sí mismas antisociales claman al cielo para que los acepten tal y como son, mientras me miran con ojos llenos de preocupación porque no soy como ellos quieren que sea, porque mis defectos les parecen mucho más horribles que los suyos. He sentido el pinchazo agudo de dolor cuando se confirma lo que creías, que confiar un secreto a una persona en la que se suponía que estaba bien confiar ha sido una completa equivocación. La impotencia cuando te culpan de cargar a otra persona con uno de tus problemas, cuando llevas años cargando a tus espaldas las preocupaciones y las mentiras de otros.

He presenciado la cobardía de los lobos y la valentía de las ovejas. La caída de titanes. El veneno fluyendo libremente y confirmando mis teorías, que formar equipo es reconfortante, pero es una jodida ilusión, y si te apoyas en esa cortina de humo te das de narices contra el puto suelo. Que si quieres algo bien hecho es mejor hacerlo uno mismo, y que, tristemente, para cumplir el único principio que tiene mi escasa y moribunda moral, es mejor no confiar en nadie.

Llevaba años esforzándome por no convertirme en el grinch en navidad, diciéndole a todo el mundo que son unas fiestas maravillosas, que me encantan y aferrándome a cada pequeño detalle que me gusta para no caer en la oscuridad que me rodeaba cada año. Y, a medida que pasaba cada segundo de éstas navidades, me iba dando cuenta de que no soy capaz, de que las luces que cuelgan del cielo no me provocan nada éste año, que no me apetece comer dulces estivales y que la ilusión de comprar regalos se ha perdido.

La ilusión que me esforcé tanto por mantener, rota, martillazo a martillazo, herida a herida, mentira a mentira. Sólo quiero que éste año acabe, porque no creo poder soportar ni un solo segundo más en él.

Me habéis jodido pero bien. Ni tan siquiera tengo fuerzas para llorar, para ponerme la máscara de todos los días y sonreír. Ni para seguir escribiendo.
Sólo quiero dormir, refugiarme entre las mantas y dejarme llevar, para poco a poco, desaparecer.
O salir a mi terraza a vomitar por la barandilla todo el veneno que llevo dentro, mientras me río de todos vosotros y de lo que habéis hecho con el mundo, que lo habéis dejado pudrir hasta que ya no sirve para nada.

Gracias por enseñarme tantas cosas importantes éste año.

Feliz navidad, hijos de puta.