Disparos por la espalda.

Vinieron a matarme.

En un día precioso, cuando confiaba en que, por fin, estaba haciendo las cosas bien.

Me cogieron desprevenida, envenenaron a mi familia retorciendo la verdad hasta que se pareció asombrosamente a una mentira, y me echaron la culpa de su dolor. Se regocijaron en mi llanto, escupieron en mis heridas y se mearon en mis recuerdos, en cada uno de los días que pasamos juntos, en cada una de las risas que compartimos, en cada una de las veces que les tendí la mano para aliviar su sufrimiento.

Sonaron los tambores de guerra, y se parecían al sonido de sus voces riéndose de mí. Me dispararon y no fue de frente, porque para eso hacía falta valor, y era algo de lo que siempre habían carecido.
Era una tarde hermosa, brillaba el sol. Por fin había llegado la primavera. Caminaba confiada por la calle, cuando noté el dolor en la espalda. Cuando me giré para mirar, ya habían huido, para no tener que darme explicaciones del por qué de su comportamiento.

Mi fantasma ha vagado desde entonces buscando la respuesta, y en el camino me he encontrado la verdad. El letrero de imbécil que me pegaron en la frente. La manipulación que venía de quien menos lo esperaba. Y cómo alguien puede mentir con tu mayor debilidad, con una cosa tan grave, y que no pidas una segunda opinión, y no te lo cuestiones.

Me enseñaron una lección, pero es una lección que no quiero aprender. Me enseñaron que la gente se dispara por la espalda. Que no les importa hacerse daño unos a otros, sea cual sea el día. Que cuando el daño es suficientemente grave, no hay lágrimas que puedas llorar, no hay ira que mostrar, porque estás simplemente muerto. Y que decir “hasta nunca” no es tan difícil una vez estás muerto.
Y que si ves a alguien disparándole por la espalda a otra persona, no pienses ni por un segundo que estás a salvo, porque puedes perfectamente ser el siguiente.

Me mataron amor mío, y hoy no puedo amarte, porque los fantasmas no aman. Creo que eso fue lo peor que me hicieron.

Duele. Minuto a minuto vuelvo a disfrazarme con una sonrisa, con una palabra amable. Me río de la ironía, retomamos viejas amistades, repasamos lo absurdo de la vida, y fuera sigue brillando el sol. Y no puedo mentir a nadie diciendo que no. Y no puedo engañarme a mi misma. Vuelvo a casa, miro dentro de mi fantasma, y duele.

” Mi chiquitina, ¿pero qué te han hecho?”
Vinieron a matarme, y no pude defenderme, porque no me quedaban balas.

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