Silently.

Tengo que escribir tan bajito que me cuesta incluso empezar.

Incluso aquí, donde sé que nadie a quien no quiera abrirle mi cabeza va a leerme. Mi propia cabeza ya no es un lugar seguro. Tampoco es que crea que lo haya sido nunca, un lugar donde se mezclan formas y colores y se pierden los recuerdos porque sí, y no porque quiera.

Me sonríe, y veo en sus ojos una luz que no veía desde hacía años, y por un segundo pienso que merece la pena el cabezazo contra el muro. Su voz me susurra palabras al oído, y sé que puede verlo en mi cara, mi debilidad, la grieta en la máscara que llevo puesta desde la última vez que me dejaron tirada en la cuneta como un juguete roto, cuando prometí que buscaría a alguien que me quisiera, y no alguien a quien yo quisiera. Cuando juré en aquella montaña que la balanza, la próxima vez, estaría inclinada a mi favor.

Cuántos años habrán pasado desde entonces, desde aquel momento en que me prometí no llorar más, aquel día en el que me convertí en el engendro helado que dicen que soy, en el espectro cruel que sonríe pase lo que pase, en la personita de cartel que jamás discute y jamás grita.

–             Si fueses como eres ahora jamás te habría dejado – Me dijo.

–              Es que si fuese como soy ahora, te habría dejado yo.

Y tan cierto era, tan orgullosa estaba de el antifaz que cubría mis malos momentos, que no tengo ni idea de por qué lo estoy tirando al suelo.

Eres la razón de por qué nunca he sido auténtica contigo. Por qué, a pesar de tantos y tantos años, aún te sorprende cuando me decido a darte un abrazo, a pesar de que todo aquel que me conozca un mínimo sabe que no tiendo a despegarme de la gente. Por qué aún no sabes las cosas más básicas sobre mí. Eres ese tipo de persona del que juré desprenderme, aquel que podría hacerme caer al suelo de nuevo. El tipo de persona al que quiero y no me quiere. La balanza inclinada en mi contra.

Me pregunto una y mil veces si estoy haciendo lo correcto, aunque la moralidad más básica parece indicar que sí.

Me sonríe, y algo en la expresión de su cara parece indicarme que me acerque más. Y entonces de sus labios brotan palabras, que confirman lo que ya sé, y es que debería dejarme de chorradas y buscar otro de los parches que he llevado durante años, esperando que ésta vez sí, sea el correcto.
Entonces, ¿por qué suena tan mal cuando digo la verdad en voz alta? ¿Por qué suena tan vacío? ¿Por qué suena mil veces mejor el aplastar mi corazón contra el muro?

Cada vez que tengo que dar la vuelta después de despedirnos, que fingir que no me sonríes desde el otro lado de la cama, cada vez que no soy capaz de llamarte para contarte cuando ha pasado algo terrible o maravilloso… cada vez que acudo a otra persona para hablar sobre algo que habría estado bien compartir contigo, es otro cabezazo contra el muro. Y me acurruco cada vez más detrás de mi máscara, y aunque las lágrimas lleguen a la base de mi cuello, aunque me ahogue con ellas, no las verás nunca.

Porque prefiero una y mil veces morderme la lengua y probar mi propio veneno, que mostrarte mi debilidad. Prefiero callar y mirar desde tu espalda cómo te manipulan y apuñalan, a que me digas de nuevo que confías más en la palabra de aquellos que lo hacen que en la mía.

Porque no confías en mí, nunca lo has hecho. Me has visto hacer demasiadas barbaridades a lo largo del tiempo que nos conocemos, y a diferencia de otra gente (aquellos por los que mataría sin hacer preguntas) jamás te preguntaste el por qué. Preferiste creer que soy una zorra manipuladora, porque siempre es la respuesta más fácil.

Supongo que por eso nunca he sido auténtica contigo.

Y supongo que por eso no crees en mí.

Y  supongo que así seguiremos con el círculo, ahora y siempre.

Mirándonos desde un lado al otro de la cama, sonriéndonos, pero muy bajito, para que nadie se entere.