Son las 4:05 de la mañana. Es la tercera vez que escribo esta entrada. En realidad no me importa, ya que no tengo nada mejor que hacer. Dormir esta descartado, por supuesto.

Estoy aterrada. El cristal que construí para guardar las cosas que me importan en un lugar seguro amenaza con resquebrajarse en cualquier momento. Mentiría si dijera que no logró hacer que me importe, porque por un motivo u otro no puedo mover nada más que los fríos dedos que no cesan de teclear en este dispositivo.

Por supuesto, he perdido mi teléfono. La tecnología ha conseguido que no recuerde ningún número de nadie que me importe mínimamente, por lo que estoy bloqueada, condenada a vagar sola por este océano oscuro que es la ansiedad.

No diré que no lo esperaba, pero desde luego no lo esperaba de esta forma.

Estoy en un estado que sólo podría describirse como aterrado. Pido a mi cerebro que me permita al menos desmayarme, que me conceda unas cuantas horas de paz, aunque luego el terror vuelva con más fuerza. Pero no me hace caso, sigue pensando una y otra vez el peor escenario posible, que tristemente se ha convertido en el escenario más probable.

No puedo dejar de temblar. Y cualquier ayuda posible está en el fondo de mi teléfono, tan inalcanzable ahora como el fondo del océano.

Y aquí me quedo, sola, aterrada y temblando, inmóvil, preparándome para lo que tiene pinta van a ser las peores horas de mi vida.

Buenas noches niños, yo, desde la distancia, os cuido. No es como si me quedase otra opción.

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