Escapar, caer y levantarse.

Las cosas siempre pasan por una razón.

Hay que entender que los humanos, de vez en cuando, necesitamos volvernos un poco locos. Es curioso despertar una mañana y mirar hacia atrás como si fuera un sueño, abriendo los ojos y preguntándonos qué cojones estábamos haciendo, por qué nos comportamos de esa forma.

Entender que toda esta preocupación, esta desesperación por un problema que nunca fue un problema en realidad solo había sido una forma de escapar de lo que hay justo enfrente de los ojos. Pensar una y otra vez sobre dobles intenciones, sobre la verdad o la mentira, sobre el amor o el odio, el deseo y el hambre, darle vueltas una y otra vez a un “problema” que desde el principio nunca tuvo una solución en mis manos, como una forma de evadirse de los problemas que existen delante, inmediatos, y con “fácil” solución, la pintura de una mesa, los números en mi cabeza y las cuentas pendientes, el volver o no a dejarme las tripas haciendo aquello que me encantaba pero me quemaba.
Dejar pasar las horas mirando al infinito, esperando, como excusa, por miedo a intentarlo y a fallar, por temor a estamparse de nuevo contra el muro, porque duele caer, pero duele más mirar tan de cerca el suelo y no saber si tendrás fuerzas para levantarte.

Una vez aprendí que lo importante era avanzar, aunque fuera arrastrándose, aunque fuera de rodillas, levantarse y caer de nuevo, y apretar los dientes para aguantar aunque sea un poquito más. Avanzar y sobrevivir, aunque sea cubierto de fango.
Pero se me olvida. Aunque trato de retenerlo en mi memoria, es una lección muy fácil y cómoda de olvidar. Y tengo que re-aprenderla cada año, con cada nuevo cabezazo contra el muro que siempre está ahí, aunque pintado de distintos colores.

Se me olvida con cada golpe, cada mentira, cada silencio y cada palabra que tengo que guardarme para mí. Cada vez que los números no hacen lo que quiero y cada vez que miro mi mesa llena de pintura.

Y aunque es triste abrir los ojos y olvidar el sueño, y es cierto que si no se hubiera convertido en una triste pesadilla hubiera preferido seguir soñando, no por ello es menos alivio el que siento al mirar hacia fuera y ver el frío y también, la luz.

Despierta Alice, es hora de perseguir al conejo blanco.

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