Un sueño inalcanzable, intocable, inmortal… sin principio y sin fin, suspendido en el tiempo, en el vacío, en lo oscuro de mi mente.
Como aquel peluche que perdí cuando era pequeña, que aún me pregunto “¿qué habrá sido de él?.
El juguete que se rompió, el lugar al que no volveré, la casa que visité, el perro de mi vecina, el primer amor lejano, el libro que leí y del que no volví a saber.
Una brisa que de vez en cuando acaricia la piel y me deja fría unos instantes. El calor de la manta justo antes de dormir.
El primer beso, el primer abrazo, la primera lágrima de dolor.
Inmutable. Irrecuperable. Invencible. Inmortal. En definitiva, perfecto.
Como todos los recuerdos.
Porque nada puede cambiarlos, nada puede estropearlos, nada puede empañarlos ni mancharlos con la duda. Ni el peor de los males, ni la peor de las intenciones. Ni la mayor de las decepciones.
Oigo retumbar en mi cabeza frases inconexas, susurros al oído, gritos de dolor y de súplica. Los tambores de la jungla en la que vivimos. De repente, un dolor punzante. Luego, la calma.
Veo frente a mis ojos una imagen. Luminosa, alegre. Corre por mi mejilla una lágrima. Me pregunto qué habrá sido de aquel peluche. Me pregunto qué habrá sido de él. Luego, la calma. Abrazo la almohada. Respiro. Sonrío.
Puedo sentir su orgullo, su furia, su fuerza para levantarse. No me importa en base a qué. No me importa qué mano estuvo extendida. Sonrío.
Porque es perfecto.
Orgulloso, loco y de gran genio.
Inmutable.
Intocable.
Inmortal.
Porque sólo es un recuerdo.

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