“Porque llegado el momento, los amantes se acaban conformando con limosnas.”

Latidos que comienzan y acaban con cada mensaje, con cada parpadeo, cada señal de reconocimiento. Melodías que se entrelazan y acaban en un mar de deseo o desesperación según quiera el aleatorio. Sonrisas vacías y huecas, miradas ausentes, horas y horas perdidas pensando en un quizás.

Improvisar con la hoja en blanco mientras suena de fondo una base, esperando un mensaje que no va a llegar, con la esperanza de ver en el cielo una señal, alguna esperanza.
Sin jodido sentido.

Dónde ha quedado el orgullo, dónde se ha ido el sentido común. Por qué me conformo día tras día con las migajas de lo que quieres darme, sabiendo que tarde o temprano me resquebrajaré entera como la muñeca de porcelana que soy, como un juguete tirado por el suelo. Preguntándome una y otra vez por qué, qué hice para merecer todo este jodido vacío, que hice para que te llevaras mi puta dignidad con cada mensaje que mando sin respuesta, por qué merecía tantos años de persecución para luego lanzarme al vacío una vez conseguiste unas pocas migajas de lo que podía darte.

La diversión, la complicidad, una mirada de un lado al otro de un bar, una sonrisa oculta o una fotografía que muestra sólo un poco de aquello que es objeto de deseo. En lugar de eso, silencio, angustia, vacío, ira. Una y otra vez, a medida que me atrapa el torbellino de emociones cuando me respondes una y otra vez un “maybe”, un “ojalá”.
Refugiándome día tras día en un papel que ni tan siquiera existe, en mi nube imaginaria, para descargar toda la mierda que llevo dentro y que no soy capaz de encriptar tan bien como lo harías tú, debe ser por el fuego de mi sangre, o deben ser las pocas gotas de orgullo que me quedan y que prefiero desperdiciar desnudando mi alma aquí, ya que no puedo hacerlo en ninguna otra parte.

No me gusta improvisar, pero últimamente le he cogido el gusto, al igual que a arrastrarme a por las migajas que dejas en el suelo o a desperdiciar las horas muertas pensando en lo jodidamente divertido que pudo haber sido y que probablemente nunca será.

Me pregunto una y otra vez por qué no olvidarlo todo, por qué no recoger lo que quede de mí y volver, por fin, a casa. Pero sé que no puedo, sé que es tarde para mí. Me resigno a este estado en el que no puedo necesitarte, pero lo hago. Ni flores, ni bombones, nada de necesidad. Lo único que pedía para ser feliz era una bocanada de esa droga que llega contigo, con tu olor, con tus gestos y tus susurros al oído.

Me resigno a saber que mis esfuerzos son y serán en vano.

Pero nunca cerrando la puerta del todo, para que por un resquicio puedas colarte una y otra vez a torturarme con tus ojos, tus malditos y helados ojos.

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