Cólera fría o una canción desesperada.

Mi primera intención ha sido escribir la palabra “joder” doscientas veces.

O decir que me llamaría gilipollas si no lo tuviese escrito en la frente y lo viese cada vez que me miro al espejo.

Sé que estoy jugando a un juego muy jodido, siento ya las llamas del fuego, y no puedo apartar las manos. Es como mirar un accidente de coche, a cámara lenta, no puedes evitarlo, y no puedes dejar de mirar.

La única razón por la que no estoy rota es porque siempre he preferido estar cabreada a estar jodida, porque la ira me da fuerzas y me ayuda a tirar para delante. Por eso, y porque me empeño en seguir jugando esta estúpida partida de poker, en la que tengo claro que no puedo ganar.

Así como un pequeño error antes de entrar en el juego puede llevarte a perder todo lo que has ganado anteriormente. He entrado en la partida con una mano mediocre, he apostado fuerte intentando llevarme todo lo que pudiera conmigo antes de asustar al contrincante y retirarlo de la mesa, y me han aguantado la apuesta. He tratado de subir la apuesta y no han hecho más que igualarme, no me dan ni tan siquiera una pista de lo que llevan en la mano… y yo no estoy acostumbrada a este juego. No puedo tirar todas mis fichas a la mesa, porque mis cartas no dan la talla. Y es tarde para retirarme, porque ya he apostado demasiado.

Sé que voy a perder. Veo cómo, y veo por qué. Y estoy metida hasta el cuello.
Y sigo apostando, cada vez más fuerte, esperando una mínima reacción, un parpadeo, algo que me muestre la mano del otro, algo que me permita seguir jugando esta partida.

El demonio que tengo en el hombro me susurra al oído que es hora de retirarse con dignidad, que recoja los escombros de lo que me quede y me vaya. El ángel del otro lado se ha ido con él de cañas.
Y yo sigo aquí, mirando mis cartas con desesperación, esperando que se vuelvan todas del mismo color, deseando haberme guardado un as bajo la manga. Llamándome imbécil a cada segundo, a cada mirada que confirma que no, que siguen siendo una puta basura.

Haciéndome daño.

Disfrutando de cada herida, de cómo crece la cólera en mi interior.

Ignorando deliberadamente la falta de sentido común que rige mis actos.

Preguntándome si mi contrincante estará siquiera jugando, si mira las cartas en la mesa con la misma intensidad que yo, o si sólo quiere terminar ésta partida para irse a casa a cenar.

Pensando en dejarle en paz de una vez, pobrecito la tortura que estaré siendo,aquí sentada intentando sacar una escalera de color de donde no la hay, tirar mis cartas y dejar que se vaya a ver la tele.

Y por supuesto, intentando que mi cara no deje ver ni uno de los pensamientos sobre todo lo anterior, que cruzan por mi mente y mis ojos en rápida sucesión.

Y me temo, que no consiguiéndolo.

 

 

 

 

Joder.

 

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