Imágenes mentales

“Dicen que a lo largo de nuestra vida tenemos dos grandes amores; uno con el que te casas o vives para siempre, puede que el padre o la madre de tus hijos… Esa persona con la que consigues la compenetración máxima para estar el resto de tu vida junto a ella…
Y dicen que hay un segundo gran amor, una persona que perderás siempre. Alguien con quien naciste conectado, tan conectado que las fuerzas de la química escapan a la razón y les impedirán, siempre, alcanzar un final feliz. Hasta que cierto día dejará de intentarlo… Se rendirán y buscarán a esa otra persona que acabarán encontrando.
Pero les aseguro que no pasarán una sola noche, sin necesitar otro beso suyo, o tan siquiera discutir una vez más…
Todos saben de qué estoy hablando, porque mientras estaban leyendo esto, les ha venido su nombre a la cabeza.
Se librarán de él o de ella, dejarán de sufrir, conseguirán encontrar la paz (le sustituirán por la calma), pero les aseguro que no pasará un día en que deseen que estuviera aquí para perturbarlos.
Porque, a veces, se desprende más energía discutiendo con alguien a quien amas, que haciendo el amor con alguien a quien aprecias”

Paulo Coelho

Y mira que no me gusta éste hombre ni como escribe, pero que me jodan si alguien puede leer esas palabras sin que aparezca en su mente una imagen… o quizás dos.

Y por fin lloré

Oigo el tic-tac del reloj contra la página en blanco, la pared que me mira muda, las notas de una guitarra con aquella canción, aquella puta canción que me hizo llorar hasta que por fin, me quedé sin lágrimas, definitivamente.
La razón por la que a pesar de todo era incapaz de soltar tan siquiera un suspiro, o un sollozo, porque no me quedaba más que dar, porque a pesar de todo lo que dijimos, sí, eras de verdad mi último cartucho, y lo disparamos.

Y vamos a cumplir nuestro segundo aniversario de desconocidos, y no nos regalaremos ni tan siquiera una sonrisa, ni un recuerdo, ni una palabra amable, una mirada de un lado al otro de una mesa de bar, a través de los botes de pintura… ni siquiera una risa al otro lado de aquella enorme cama que compramos, una cama para dos, una vida para dos, que quedó reducida a cenizas junto con aquel libro, con la última de las locuras que hicimos.
Me pregunto qué habrás hecho con la cama.

A día de hoy siguen saliendo cosas tuyas entre las bolsas que nunca llegué a desempaquetar.

Nos olvidamos el uno del otro para no hacernos más daño. Te alejé de mí para que no te aferrases a una última esperanza. Pero en la distancia te estuve cuidando. Viví cada una de tus pequeñas victorias, y me alegré por tí cuando subiste por fin a la superficie.

Y te olvidé, para evitar caer en la tentación de contarte mi día, para no correr hacia ti y pedirte ayuda cuando las cosas se pusieron realmente horribles, porque no era justo. Y con ello maté lo poco que me quedaba. Y disparé mi último cartucho para liberarte.
Y me olvidaste.

Y ahora, tras dos años, puedo recordarte, y sacar por fin esa espina que no me dejaba soltar ni una sola lágrima, porque tenía que ser fuerte por los dos.

Y llorar como una magdalena. Y preocuparme por alguien. Y, espero que algún día, sonreír como a ti te gustaba.

Cada vez que alguien insinúa que no te quería me dan ganas de reventarle la cabeza a patadas. Pero, una vez más, eso no lo sabrá nadie.
Ni siquiera tú.

Sobre todo tú.

Un sueño inalcanzable, intocable, inmortal… sin principio y sin fin, suspendido en el tiempo, en el vacío, en lo oscuro de mi mente.
Como aquel peluche que perdí cuando era pequeña, que aún me pregunto “¿qué habrá sido de él?.
El juguete que se rompió, el lugar al que no volveré, la casa que visité, el perro de mi vecina, el primer amor lejano, el libro que leí y del que no volví a saber.
Una brisa que de vez en cuando acaricia la piel y me deja fría unos instantes. El calor de la manta justo antes de dormir.
El primer beso, el primer abrazo, la primera lágrima de dolor.
Inmutable. Irrecuperable. Invencible. Inmortal. En definitiva, perfecto.
Como todos los recuerdos.
Porque nada puede cambiarlos, nada puede estropearlos, nada puede empañarlos ni mancharlos con la duda. Ni el peor de los males, ni la peor de las intenciones. Ni la mayor de las decepciones.
Oigo retumbar en mi cabeza frases inconexas, susurros al oído, gritos de dolor y de súplica. Los tambores de la jungla en la que vivimos. De repente, un dolor punzante. Luego, la calma.
Veo frente a mis ojos una imagen. Luminosa, alegre. Corre por mi mejilla una lágrima. Me pregunto qué habrá sido de aquel peluche. Me pregunto qué habrá sido de él. Luego, la calma. Abrazo la almohada. Respiro. Sonrío.
Puedo sentir su orgullo, su furia, su fuerza para levantarse. No me importa en base a qué. No me importa qué mano estuvo extendida. Sonrío.
Porque es perfecto.
Orgulloso, loco y de gran genio.
Inmutable.
Intocable.
Inmortal.
Porque sólo es un recuerdo.

The worst five minutes.

Mi life would have been completely different if I had never met him again. If I’d never ran into his eyes, into his beautiful words, a glance in a bar, after all this years.

Una hoja en blanco, un examen por completar, con la tarea más sencilla a la que me enfrentaré probablemente en toda mi carrera. Tienes que escribir. Y las palabras salen a borbotones, sin que puedas pararlas, sin que ninguna alarma en tu interior te guíe y te diga que eso no es apropiado para un examen. Ha sido una provocación, todo hay que decirlo, era difícil no rasgarme el alma y partirme la cara contra el papel cuando lo que tienes delante es un tema, una historia que puede ser tan personal como decidas, y necesitas que sobresalga de las demás.

“Mi vida habría sido completamente diferente si….”

Sin duda la peor parte de todo es el despertar. Cuando las cosas van especialmente mal mi cerebro me regala un sueño feliz, una sonrisa con el demonio, un paseo por el parque, la mirada de unos ojos helados, unas bonitas palabras.

Y entonces despiertas, y no recuerdas nada, y todo está bien. Más o menos durante cinco jodidos minutos. Después la comprensión empieza a filtrarse lentamente en tu cerebro, llenando tus venas con ese dolor que conoces de sobra, envenenándote poco a poco. Matándote.

Preguntándote qué demonios has hecho para merecer éste fuego que quema tu sangre.

El dolor que se hace más intenso porque has tenido esos cinco putos minutos de calma, de felicidad, sólo para que te la arrebaten otra vez.

Esperando que merezca la pena.

“And I wonder if it deserves the pain. And I realize the answer is no, noone deserves this paper, the waste of an essay, the risk on an exam, noone deserves the worst five minutes of my life.

But now it’s too late.”

Navidad

Hacía tan sólo dos días de su trigésimo segundo año de casados. Pero habían sido 32 años cojonudos.

Vieron crecer hijos, primos, sobrinos, viajaron a ver el Taj Majal y aquel pequeño pueblo de Galicia donde ella había nacido.

Él la había salvado de una vida entera de soledad. Ella le salvó de sí mismo.

Hasta el último de los días en los que estuvo sano, hicieron el amor mirándose a los ojos.

Ella había comprado un pequeño regalo, para conmemorar todo el cariño que le había dado durante tantos años. No pudo dárselo.

Aguantó lo suficiente como para gruñir un “nos vemos”, agarrado de la mano de su esposa, mirándola a los ojos como cuando hacían el amor. Puso toda su esperanza en que los dos acabarían en el mismo sitio.

Un día y dos horas después, ella está sentada en el banco del tanatorio, esperando que llegue su marido. Las ganas de gritar quedan amarradas por la tristeza. La soledad le muerde los labios, y daría lo que fuera por volver a oír su voz. El ordenador da otro pantallazo azul, le recuerda que no sabe de informática, que nunca le hizo falta cuando estaba él. Mira el teléfono, pensando qué posibilidades hay de que al marcar el número le responda una voz conocida. Tiene miedo de volver a su casa. No habrá nadie sentado en el sofá para sonreírle. Las lágrimas fluyen por sus mejillas. Marca el teléfono, suena una vez. Cuelga. Murmura un breve “adiós, mi amor” mientras pulsa “borrar” en la pantalla.

Daría cualquier cosa por volver a verle.

Dos meses después, logra murmurar un “hasta nunca”, al enfermero que la mira desolado, mientras Ella, con una sonrisa triste y una lágrima, cierra los ojos.

Sabía perfectamente que no acabarían en el mismo sitio.

“Porque llegado el momento, los amantes se acaban conformando con limosnas.”

Latidos que comienzan y acaban con cada mensaje, con cada parpadeo, cada señal de reconocimiento. Melodías que se entrelazan y acaban en un mar de deseo o desesperación según quiera el aleatorio. Sonrisas vacías y huecas, miradas ausentes, horas y horas perdidas pensando en un quizás.

Improvisar con la hoja en blanco mientras suena de fondo una base, esperando un mensaje que no va a llegar, con la esperanza de ver en el cielo una señal, alguna esperanza.
Sin jodido sentido.

Dónde ha quedado el orgullo, dónde se ha ido el sentido común. Por qué me conformo día tras día con las migajas de lo que quieres darme, sabiendo que tarde o temprano me resquebrajaré entera como la muñeca de porcelana que soy, como un juguete tirado por el suelo. Preguntándome una y otra vez por qué, qué hice para merecer todo este jodido vacío, que hice para que te llevaras mi puta dignidad con cada mensaje que mando sin respuesta, por qué merecía tantos años de persecución para luego lanzarme al vacío una vez conseguiste unas pocas migajas de lo que podía darte.

La diversión, la complicidad, una mirada de un lado al otro de un bar, una sonrisa oculta o una fotografía que muestra sólo un poco de aquello que es objeto de deseo. En lugar de eso, silencio, angustia, vacío, ira. Una y otra vez, a medida que me atrapa el torbellino de emociones cuando me respondes una y otra vez un “maybe”, un “ojalá”.
Refugiándome día tras día en un papel que ni tan siquiera existe, en mi nube imaginaria, para descargar toda la mierda que llevo dentro y que no soy capaz de encriptar tan bien como lo harías tú, debe ser por el fuego de mi sangre, o deben ser las pocas gotas de orgullo que me quedan y que prefiero desperdiciar desnudando mi alma aquí, ya que no puedo hacerlo en ninguna otra parte.

No me gusta improvisar, pero últimamente le he cogido el gusto, al igual que a arrastrarme a por las migajas que dejas en el suelo o a desperdiciar las horas muertas pensando en lo jodidamente divertido que pudo haber sido y que probablemente nunca será.

Me pregunto una y otra vez por qué no olvidarlo todo, por qué no recoger lo que quede de mí y volver, por fin, a casa. Pero sé que no puedo, sé que es tarde para mí. Me resigno a este estado en el que no puedo necesitarte, pero lo hago. Ni flores, ni bombones, nada de necesidad. Lo único que pedía para ser feliz era una bocanada de esa droga que llega contigo, con tu olor, con tus gestos y tus susurros al oído.

Me resigno a saber que mis esfuerzos son y serán en vano.

Pero nunca cerrando la puerta del todo, para que por un resquicio puedas colarte una y otra vez a torturarme con tus ojos, tus malditos y helados ojos.

Miénteme.

Enfrentarse al papel en blanco tras la huida, tan satisfactoria.
Vuelta a la realidad macabra, al tiovivo de las emociones.

Tras el tirón en el estómago tras leer las palabras de amor que supe no iban dirigidas a mi persona, tras la decisión de que me la peláis todos y de que podéis chuparme todo lo que no debe ser chupado, vuelta a pegar la cara contra la pared para no ver la puta realidad que sí, debo reconocerlo, me asusta.

Preguntar con temblor en las rodillas, sabiendo una respuesta, sonando despreocupada completamente a propósito, y escuchando aquella respuesta tantas veces deseada, tantas veces soñada, y saber, con certeza, que es mentira.

Y releerla, imaginar tu voz mientras me la susurras al oído, imaginar un mundo en el que tu respuesta sea cierta, o incluso mejor, en el que no importe, un mundo en el que pueda saltar sobre tus huesos y quemarte en medio de cualquier parte, con cualquier par de ojos mirándonos. Pasear mis ojos por ella una y otra vez, como si tus letras fueran tu cuerpo, como si mirándola pudiera calmar un poco del fuego que calentó mis tripas cuando leí aquellas palabras de amor, como si pudiera hacerme olvidar que, cuando las leí, inmediatamente pensé que muy a mi pesar te habías enamorado de otra.

Se me olvida tantas veces que es mentira, sólo pasando una y otra vez por tus reconfortantes respuestas, que me las creo y empiezo a sentirme bien. Empiezo a sentir ese calor que da el deseo mutuo, el cariño recíproco, la necesidad por ambos lados. La complicidad de una sonrisa de un lado al otro de un bar, de una mirada desde un coche, de un gesto al otro lado de la mesa. Vuelvo a sentir la pasión que me acercó a ti en un primer momento. Vuelvo a sentirme bien.

Y me pregunto si no te gustará torturarme, escribiendo mensajes encriptados que podrían ser para cualquiera, para que piense que son para otra y tenga que preguntar si son para mí. Y luego recuerdo que no soy tan importante. Y vuelvo a mirar tus palabras.

Y te creo. Y dejo que me mientas, y sonrío.

Así que miénteme, tienes mi permiso, háblame con dulces palabras aunque no sean ciertas, aunque no las sientas, aunque no las pienses.

Miénteme cuanto quieras, mientras me hagas sentir bien.

Estoy cansada.

Cansada de verdad, hoy es uno de esos días que se te quiebran los huesos, se te rompen las esperanzas y sólo quieres mandar todo a tomar por culo.

Tengo que recordarme infinitas veces que no todo va a salir siempre como uno espera y que no por eso sois todos subnormales, pero me resulta demasiado difícil.

Simplemente estoy improvisando, porque estoy demasiado cansada para currarme alguna historia perfecta y hermosa en la que todo salga bien. Porque estoy cansada de soñarla.

Y a veces pienso en lo fácil que sería coger simplemente esa oferta tan tentadora, disfrutar mientras se pueda y poner todo lo demás en el saco de “me importa una mierda” en el que estoy poniendo demasiadas cosas que no debería, para esforzarme en su lugar por una sonrisa o una mirada, por un trocito del cariño que en primer lugar nunca debió ser mío.
Pero cuando decido recolocar mis fútiles esfuerzos por encontrarte en el maravilloso rincón de las cosas por las que no me esfuerzo, reapareces y mandas todas mis resoluciones a la mierda.

Ya dije una vez que sólo se puede jugar de la misma forma durante un tiempo, por lo menos conmigo, antes de que me canse. Y ahora no sé si sentirme triste, compasiva, ofendida o cabreada. Lo que sé con seguridad que me siento es terriblemente cansada. Demasiado para seguir con esta charada.
Y es que tengo la cabeza en las nubes si espero más de un “Escribiendo…” que de un esfuerzo sincero por encontrarme.

Voy a parar de improvisar, porque nunca se me ha dado bien dejarme mecer por el viento.

Y porque odio que me cambien los planes.